jueves, 16 de agosto de 2012

Los paisas en los Olimpicos de Londres 2012

Los paisas le cumplieron a Colombia en los Juegos Olímpicos de Londres 2012, ellos junto con el Vallenano Óscar Muñoz en taekwondo y las vallunas Jackeline Rentería en lucha y Yury Alvear en judo

La bicicrossista paisa Mariana Pajón lució orgullosa su medalla de oro, la segunda en la historia olímpica de Colombia, luego de la que alcanzó María Isabel Urrutia en Sydney 2000 en levantamiento de pesas.

No se quedaron atrás la atleta de salto triple Catherine Ibargüen ni el levantador de pesas Óscar Figueroa, ganadores de la medalla de plata, ni el ciclista Rigobeto Urán, quien obtuvo la presea de plata que nos habrio el camino de superación a los deportistas colombianos en las justas olímpicas, por su parte el también bicicrosista Carlos Oquendo consiguió su medalla de bronce.

Despues del  multitudinario recibimiento al llegar al pais, el presidente de Colombia les rindió homenaje y les condecoró con la cruz de Boyacá, además de la condecoración a los medallistas olímpicos, el presidente Juan Manuel Santos sorprendió a la delegación colombiana asegurándoles que firmó un decreto sobre asignación de subsidios de vivienda para los campeones y sus entrenadores. También se les entrego a cada deportista un carro nuevo regalo de una concesionaria automotriz del país.

"¡Qué ejemplo tan grande el que nos han dado! ¡Cómo nos hacen recordar lo importante que es la unidad para un país!, lo que ustedes, atletas y medallistas, nos han dado a los colombianos es otra razón para seguir creyendo en nosotros y en nuestras posibilidades", señaló el Jefe de Estado.

Mariana Pajón
Mariana Pajón
La medallista colombiana de oro olímpica de bicicross BMX, Mariana Pajón, aseguró hoy que con las ocho medallas que ganó su país en Londres, se cierra un capítulo muy grande para Colombia, pero que el próximo "seguramente va a ser mucho mejor".

 
"Venimos escribiendo una historia hace mucho tiempo en Colombia, y acabamos de cerrar un capítulo inmenso y muy grande para nuestro país, pero sé que falta mucho más, porque esto es como una plataforma de más generaciones, de más futuros campeones que harán que Colombia sea mucho mejor", señaló Mariana Pajón en rueda de prensa.

 
La bicicrosista paisa Mariana Pajón, quien ganó la segunda medalla de oro olímpica en la historia de Colombia, después de la que alcanzó María Isabel Urrutia en Sydney 2000 en levantamiento de pesas, se mostró orgullosa de compartir ese honor con la exdeportista nacional.
"Ganar la segunda medalla de oro para Colombia es algo muy bonito, y compartir ese espacio con María Isabel Urrutia es para mí un orgullo muy grande, me siento muy contenta, siento que le cumplí al país porque cumplí mis sueños y mis metas", expresó.

Al referirse a la competencia en la que ganó de principio a fin, Mariana Pajón reconoció que se sentía muy confiada.

"La competencia fue muy linda, desde que estaba en los entrenamientos me sentí muy bien porque la pista es muy rápida, la mejor en la que he estado, así que estaba confiada, porque lo que estaba haciendo estaba muy bien: hice la mejor salida y la mejor segunda recta, y sentí que era la más rápida del mundo", comentó.
Rigoberto Urán

El ciclista paisa Rigoberto Urán dio a Colombia la duodécima medalla de su historia, a diez kilómetros de meta, el primer grupo se había reducido casi a la mitad de hombres, pero la distancia con los perseguidores era casi la misma. El oro para Cavendish, considerado el mejor sprinter de la historia del Tour de France, se esfumaba.

Rigoberto Urán
Fue entonces cuando la gloria olímpica se cruzó en el camino del colombiano Urán, que supo lanzar su ataque en el momento justo junto a Vinokourov. La recta final en The Mall, cerca de Trafalgar Square, bajo la mirada del vicealmirante Nelson, decidiría el oro y la plata.

El colombiano se despistó justo en los últimos metros. Miró hacia atrás por el lado equivocado y "Vino" aprovechó para atacar y llevarse un oro con el que pone punto y final a su carrera deportiva.


Carlos Mario Oquendo

Carlos Mario Oquendo
El ciclista paisa Carlos Mario Oquendo se quedó con la medalla de bronce de BMX masculino al llegar en la tercera posición de su competencia, tras sus rivales Maris Strombergs y Sam Willoughby.

Tras la prueba femenina, con el protagonismo de Mariana Pajón, vino la competencia en hombres, donde Carlos Mario Oquendo le dio otra alegría al país.

El paisa se vistió de Bronce y puso en ocho el número de preseas colombianas en las justas de Londres 2012.


Catherine Ibargüen: Aún no he dado todo lo que tengo

Con 28 años, la atleta paisa ha participado en dos Juegos Olímpicos

Con una sonrisa en el rostro y una medalla de plata en el cuello, la atleta paisa de salto triple Catherine Ibargüen llegó a la sede del Comité Olímpico Colombiano, en Bogotá, para decir sus primeras palabras en el país como medallista en Londres 2012. Con su frescura habitual, porte, belleza y una personalidad arrolladora, la deportista, oriunda de Apartadó, Antioquia, se mostró satisfecha por el logro conseguido en Londres y destacó que aún no ha dado todo su potencial. “Esta fue mi primera participación en salto triple en unos Olímpicos. Empezar con plata no está mal. Ahora debo hacer un muy buen ciclo olímpico para llegar en excelente forma a Río 2016, donde le apuntaré al oro”.

Caterine Ibargüen 
Catherine tiene algo especial: no sólo se destaca sobre las pistas de atletismo, en las que lleva preparándose más de 14 años, sino que se ha vuelto una experta a la hora de conquistar públicos. La paisa, a donde llega, impregna de optimismo y alegría a los que la rodean. Su sueño luego de la medalla olímpica es poder terminar la carrera de enfermería que estudia en Puerto Rico, en la que ya va en octavo semestre y espera poder ejercer para servirle a su gente. “Uno lo que empieza lo debe terminar. Yo elegí estudiar enfermería y ahora debo sacarle tiempo a eso para concluirlo de buena forma”.

La atleta, de 28 años, estará en Apartadó un poco más de ocho días compartiendo con su familia y recibiendo todo el cariño de su gente. “Voy a estar con el mayor de los placeres en mi tierra. Siempre soñé con mostrarles a ellos la medalla de plata, espero que les guste. Ojala me consientan para así recuperarme”, expresó, una vez más, con una bella sonrisa.

Óscar Figueroa ganó medalla de plata y con récord olímpico

Oscar Figueroa
Oscar Figueroa es paisa de nacimiento pero forjado deportivamente en el Valle del Cauca. Es récord olímpico en 177 kilos envión. Es la medalla 13 que consigue Colombia en Juegos Olímpicos.

Estaba presupuestada y el pesista colombiano cumplió. Óscar Figueroa alcanzó este lunes la segunda medalla de plata para el país en la prueba de los 62 kilogramos y con marca olímpica en el envión con 177 kilogramos.

Figueroa levantó 140 kilos en arranque y 177 envión para un total de 317, suficientes para quedarse con el segundo lugar en su categoría, en la que el vencedor fue el norcoreano Un Guk Kim con 327 en el total (153 en el arranque que se convirtió en récord olímpico y 174 en envión).

!Felicitaciones a nuestros deportistas paisas, y a todos los que creyeron en su sueño olimpico, apoyandolos tanto económicamente como moralmente, gracias por la alegria que le brindaron a todos los Colombianaos!

miércoles, 9 de mayo de 2012

Refrescando "Tiempos Aquellos..."


El Arte de “Juniniar”
Por: Álvaro Cadavid M.

De vez en cuando, y sólo por urgente necesidad, llego al centro de la ciudad y más especialmente a la zona de Junín entre La Playa y el Parque de Bolívar y no puedo dejar de añorar el Junín de mi época. Y esta añoranza no es solamente una cuestión de la transformación física que sufrió el entorno, sino el cambio social y cultural de lo que antes fuera una verdadera zona rosa para los “pipiolos”,“piernipeludos” o “cocacolos” de nuestra generación. Allí llegábamos todos los estudiantes de San José, San Ignacio , Calasanz, Marco Fidel o Pascual Bravo engominados con Glostora, Anzora o Lord Cheseline y olorosos a Pino Silvestre o a Vetíver y con nuestros bluyines Wrangler con pretina brillada con pomada Brasso y mocasines apaches o tenis Croydon blanqueados con Griffin, a pararnos como garzas en El Cardesco o en la puerta del exclusivísimo Club Unión, hoy un centro comercial más, a mirar y a suspirar por las uniformadas chicas de La Presentación , de La Enseñanza, de María Auxiliadora o del Marymount (con la falda por debajo de la rodilla) y a echarle piropos como: “parece que dieron vacaciones en el cielo porque se les voló un angelito”, o los más atrevidos: “ si como camina cocina, me le como hasta el pegao”.

Indudablemente que esa desvanecida conexión paisa quedó relegada al plano de los recuerdos, pues ahora lo que fue el Doña María donde íbamos a comer papitas a la francesa con Coca Cola se convirtió en un restaurante más, el teatro María Victoria en otro centro comercial, el extraordinario teatro Junín donde vimos las mejores zarzuelas españolas, a la declamadora argentina Bertha Zingermann, a la Orquesta típica Tokio, a Bill Halley y sus Cometas o a Campitos y sus Tres Reyes Vagos se volvió el inexpresivo edificio Coltejer, el Salón de billares y Academia de ajedrez Metropol, centro obligado de intelectuales y vagos de Medellín y de propiedad de don Harry Gainer, padre de Aura Cristina Gainer , es hoy una venta de artesanías y camisetas. El pasaje La Playa – Parque de Bolívar evolucionó en un completo mercado persa lleno de vendedores, donde lo pensable y lo impensable se enfrentan en una lucha mercantil sin tregua, como la venta de discos y libros piratas, loteros, gente entregando papelitos con propaganda de adivinas, palacios del colesterol llamados El Tragadero, El Embuchadero o El Meloneadero “todo a $500” y hasta la grotesca y nauseabunda chunchurria tiene un gran palco de honor. Y lo que una vez fue la zona más exclusiva de Medellín se convirtió en un paraíso para rebuscadores, atracadores, prostitutas y travestis. ¡Qué pesar!.

Juniniar, para los que tuvimos la dicha de experimentarlo, era una experiencia casi religiosa donde se conjugaban la inocencia y la malicia en un contubernio falaz, pues las imposiciones morales de la época no permitían la libre expresión sexual de la que hoy en día gozan las nuevas generaciones de “sardinos y sardinas” llenas de tatuajes y de piercings . Para nosotros el reto de la conquista empezaba en Junín, pues era allí el sitio de encuentro obligado de los jóvenes ávidos de acercamiento y cargados de hormonas. El teatro Lido, recién restaurado, era cómplice incondicional de encuentros furtivos entre chicos y chicas que se escapaban de los colegios, nunca mixtos, para encontrarse a ver a Sissy Emperatriz , a Pili y Mili y sus comedias rosa, a La Novicia Rebelde, Los Diez Mandamientos, El Bombero Atómico, Tuya en septiembre, Nunca en domingo o al Doctor Zhivago y salir luego a comer conos de ron con pasas a la heladería San Francisco o, si la mesada era buena, al Salón Versalles a comer sánduches de queso derretido, al Astor a comer “moritos” con jugo de mandarina o al Sayonara y su ensalada de frutas con helado. Era en estos lugares donde se formalizaban los noviazgos de las Santamaría con los Mora o de las Echavarría con los Lara, la élite de la sociedad medellinense.

Luego de una tarde de infantil acercamiento y de una ocasional “chupada de piña” en el teatro, era normal salir como dos tortolitos tomados de la mano recorriendo parsimoniosamente a Junín para regresar a los respectivos colegios e inventar las excusas-mentiras del porqué de la ausencia a las aulas escolares. Esa misma noche no faltaba el tío alcahueta que financiara la serenata, no con mariachi ni mucho menos con un conjunto vallenato, sino con un trío de guitarras como Los Romanceros cantando Chacha Linda o Bendición Celestial, el Trío América, Los Albinos o el trío Ensueño de Roger Jalil, el apuesto ecuatoriano-árabe por el cual se derretían las novias de uno. Los sitios de reunión de los músicos eran El Escorial, El Crillón o el Primero de Mayo, a la vuelta de Junín con La Playa frente al teatro Metro Avenida.

Al llegar a la ventana de la amada ella tímidamente encendía la luz después de la segunda canción para manifestar su aceptación y su presencia. Por supuesto que no faltaba el amigo borracho, que en voz alta pedía silencio para que no se despertara la novia, le indicaba al trío el orden de las canciones y luego se orinaba en la llanta del taxi. ¡Qué pena con la chica!. Al final de la serenata aparecían como por arte de magia sitios como el Bar Argentino, El Pakistán o Marta Pintuco, Cándida Rivillas, La Nena o alguna de las casas de lenocinio de Lovaina o El Fundungo y sus alrededores, todas con música en vivo y bombillito rojo en la puerta. Dentro de estos lupanares siempre había un gobelino con una escena de caza de un príncipe y su séquito, lo mismo que una araña gigante con un bombillo rojo intermitente debajo del arácnido. ¡Ah!..y ya en las horas de la madrugada no podía faltar la arepa con carne asada de El Ventiadero, el bisteck a caballo en El Cañaveral o los tamales de El Capitán López. !Ah bueno que pasábamos!... Y el que niegue que estas fueron unas deliciosas experiencias miente como una vil sirvienta cartagüeña.

Como quiera que sea, de la mística del “juninazo” sólo quedan fragmentos de imágenes de aquella era dorada de ilusiones y alborada de nuestros primeros amores, donde lo más importante era el respeto por la mujer y la delicadeza del hombre en su trato hacia ella. Era la maravillosa época de las poesías , donde todos los jóvenes escuchábamos al Indio Duarte o a Rodrigo Correa Palacio y nos sabíamos de memoria El Duelo del Mayoral , El Brindis del Bohemio o La Canción de la Vida Profunda , escuchábamos en la radio las voces de Mario Lanza, Ferruccio Tagliavini, Mario del Mónaco, Charles Aznavour o Edith Piaff , las orquestas de Mantovani, Frank Pourcel o Raymond Lefevre y también las canciones de Nat King Cole, Alfredo Sadel, Eddie Gormé y Los Panchos, Nicola di Bari y Gigliola Cinquetti. No era extraño que en nuestras tertulias juveniles comentáramos acerca de libros como La Metamorfosis de Franz Kafka, Los Miserables de Victor Hugo, La Guerra y la Paz de Fiódor Dostoievski y hasta Lolita de Vladimir Navokov. En fin, era un período de cultura general muy vasta el que nos tocó a todos los de esa privilegiada generación de adolescentes en la “veya biya” de esos años.

Fue también una época inocente y ”montañera”, donde el equivalente a Disneylandia era una tarde entera montando en las escaleras eléctricas del almacén Caravana (“El gigante de los precios enanos”) y en la cual florecieron las “heladerías” de la 70 como La Careta, El Coche Rojo, El Dino Rojo y sitios elegantes como el Fujiyama y El Fantasio y “grilles” más oscuritos como El Buho, La Ballena de Jonás o el grill La Montaña con sus “hermosas meseritas” para llevar a los “numeritos” de aquel entonces, hoy llamadas “prepago”, a “bailar amacizao el botecito”. Las chicas “bien” tenían una libreta de autógrafos con dedicatoria de todas las compañeritas de colegio y de sus amigos más cercanos (“Un autógrafo me pides, un autógrafo te doy, nunca cambies a tus padres por los jóvenes de hoy”, etc…), papelitos guardados entre los libros con acrósticos que el novio o un amigo “muy sabido” elaboraba con el nombre de ellas, álbumes con fotos y también “grazitos”. en blanco y negro con el borde recortado con tijera de pico y pegadas al álbum con esquineros Además fue el período romántico del pañuelo con el nombre del novio bordado con uno de los cabellos de la novia y de un respeto profundo hacia los mayores, que eran quienes mandaban.

A las chicas no les podía faltar el inseparable “neceser” Mesacé cuyo contenido era siempre el mismo: billetera Buxton, cepillo Fuller, botellita de plástico de Kleer Lac para retocarse “la toga”, un frasquito miniatura de Channel Nº 5, cigarrillos Parliament o Chesterfield y “candela” Ronson o Colibrí. Y por la noche, de 7 a 10, no faltaba la visita con “candelero”, el hermanito menor que siempre pedía plata para evaporarse por diez minutos o, en el peor de los casos, una suegra malencarada que fingía estar tejiendo algo pero que de vez en cuando manifestaba su rolliza presencia con una molesta tos protagónica. ¡Qué pereza!...

Las fiestas de quince años eran en la casa de la chica, con orquesta, meseros y llorada de la quinceañera pues el día anterior había peleado con el novio (el pobre no tenía plata para el regalo). Unos cuantos años después, cuando por fin se formalizaba la relación, los preparativos para la boda empezaban en Parisina donde se escogía la tela para las damitas de honor, después Saraflor donde se compraban los muebles, luego en Mora Hermanos para los electrodomésticos y, si la novia era “de modito”, se alquilaba el Club Unión y se contrataba a Lucho Bermúdez o a la Italian Jazz para que amenizara la fiesta. ¡Qué tiempos aquellos!.

Pero de aquel delicioso y respetuoso entorno hacia las mujeres y hacia los ancianos sólo nos quedan los recuerdos, a los que ya “borramos el primer fichero” y somos abuelos de los sardinos “emos”, “metrosexuales” o “gays”, a quienes no se les puede reprender y mucho menos disciplinar o “darle una pela” si roban en un almacén o despedazan el carro de un vecino, pues como la ley los protege pueden hacer lo que les venga en gana impunemente pero, eso sí, nos exigen a “los cuchos” que los mantengamos y les compremos tenis de $250.000 y que les demos dinero continuamente para “la rumba” o de lo contrario entablan una demanda “por intromisión en el desarrollo de la libre personalidad”, y nos pueden quitar la patria potestad y hasta nos pueden “encanar”. Parece una telenovela, pero es la realidad actual.

Aseguran que cuando uno dice que todo tiempo pasado fue mejor es porque ya está viejo. En ese caso abiertamente me declaro un fósil del Cretáceo Superior, puesto que el Junín que vivimos sí fue un millón de veces mejor que el de ahora y los jóvenes de la actualidad ni se imaginan lo que era ese Medellín , sano y pícaro, vivaz y rezandero, santo y pecador, todo al mismo tiempo. Pero todo evoluciona, y ese Junín romántico no pudo escapar a la metamorfosis comercial que lo transformó en una calle fría, sin alma y llena de desechos físicos y humanos, donde los únicos testigos que sobreviven son el Salón Versalles y el Astor, como dinosaurios que se resisten a morir ante el cataclismo tecnológico e informático que robotizó el pensamiento humano del siglo XXI alrededor del planeta y al cual no somos ajenos. Y si es verdad que recordar es vivir, ¡yo soy inmortal!... http://jorgemarinartista.jimdo.com